31 diciembre 2007

¡Feliz Año Nuevo!

¡Feliz Año Nuevo! Lo hemos oído y dicho millares de veces. Es el deseo sincero y unánime en la inminencia y entrada del nuevo año. Pero ¿qué significa realmente un deseo de este tipo? Casi siempre un esperar sin fundamento, como el que espera que llueva o no llueva, aunque no depende de él. Sin embargo la felicidad sí depende de cada uno, es a la vez don y quehacer. Tiene una fuente y hay que ir a beber de ella. Es un elixir y hay que tomarlo, aunque el primer sorbo pueda saber amargo.

¿Dónde está la fuente? ¿Cuál es el elixir? ¿Alguien tiene el secreto de la felicidad?.

Todo ser humano, desea irresistiblemente ser feliz. Es lo natural. ¡Hay naturaleza humana!

«¿Para qué nos ha creado Dios?», se pregunta Juan Pablo II. La respuesta, dice, «es absolutamente segura: Dios ha creado al hombre para hacerlo partícipe de su felicidad».

¿Y el camino?. «Yo soy el Camino», afirma Cristo. Principia en el heno de un pesebre y transita por el madero de un patíbulo.

¿Qué tiene que ver la felicidad con un sendero semejante? Senda ardua, trabajo duro y silencioso, servicio a los demás, sacrificio…

¿Esto es el camino de la felicidad? ¿No la buscan las gentes por veredas bien distintas? Cierto, y por ello es que no alcanzan su objetivo. Cuando la felicidad se busca en los bienes de afuera, el hombre desespera de ser feliz, se hunde en una suerte de melancolía infinita. Ahí sólo cabe hallar destellos fugaces: «aún no empieza el placer y ya se termina»; el sentimiento de frustración es inevitable.

Por eso quizá, decía Paul Claudel, «no hay nada para lo que el hombre sirva menos que para la felicidad; nada que tan deprisa le canse». Sin embargo, continúa, «en el hombre hay una necesidad espantosa de felicidad y es preciso que se le dé su alimento, pues de lo contrario acabará devorándolo todo». Sí, es preciso proclamar el secreto de la felicidad. Los seguidores de Cristo, lo tenemos.

«El cristiano posee el secreto, conoce el camino para alcanzar la felicidad», afirmaba Juan Pablo II. Toda la obra del Redentor -a quien, conmovidos, hemos contemplado sonriente entre los brazos de su Madre Virgen, en la gruta de Belén-, así como cada una de sus palabras y gestos, son parte integrante del gran secreto. En la víspera de su Pasión, Jesús exclamará: «digo estas cosas en el mundo para que tengan mi gozo completo en ellos mismos». Él, perfecto Dios y perfecto hombre, es la plenitud de la alegría. El Verbo se ha humanado para compartir con nosotros su felicidad eterna, inmensa y sin sombras.

Al desear a todos los lectores habituales de este blog y visitantes esporádicos o accidentales un feliz Año Nuevo, pido a la Madre de Dios y Madre nuestra que nos abracemos, como Ella, con todas las fuerzas, a la Santa Cruz de Belén, del Calvario, de la Eucaristía; que pongamos los medios oportunos para conocer más y más a su Hijo, y al Padre y al Espíritu Santo. De tal conocimiento brotará un amor que irá in crescendo, al compás del paso firme y gozoso, sin desmayos, por el Camino de la Vida plena.

¡Feliz Año Nuevo!
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